Una pastelería en Tokio

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Dorayakis, judias y una abuela encantadora.

El cine gastronómico sigue dándonos pequeñas sorpresas… esta vez de las dulces, de las llenas de imágenes apetitosas, de las que generan sensaciones agradables, de las memorables, de las sentimentales que podríamos poner en el mismo saco de “Chocolat”, “Ratatouille” o “Julie y Julia”. De las que después de verlas, tienes que comer, si o si.

Imagino que todos sabéis a estas alturas, que los dorayakis no son precisamente de chocolate, y que los japoneses encuentran en las alubias lo que nosotros buscaríamos en un Ferrero Rocher. Si ignorabais el tema, “Una pastelería en Tokio” te lo va a dejar claro. Un largometraje sobre las tradiciones dirigido por Naomi Kawase y que se detiene a explorar uno de los grandes conflictos de la sociedad nipona: el enfrentamiento entre tradición y modernidad, sin resolver desde finales del siglo XIX.

Ella se encarga del relleno y él se encarga de cubrirlo. Ella habla con los árboles y escucha a las judías, no tiene teléfono ni prisa. Él es un ser atormentado que reniega de todo, abatido, con la única esperanza de pagar una deuda vitalicia cuanto antes. Mientras ella huele cómo cambia el aroma de las judías puestas al fuego, él se fuma un pitillo. Antes de conocer a la anciana no daba valor a lo insignificante, el ingrediente esencial de la tradición japonesa y de los dorayakis, que encierran en una metáfora dulce una amarga realidad.

Todavía en algunas salas de cine. El trailer aquí:

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