Postureo veggie

lechugas

En mi historial de búsquedas de Google, una de las más recientes es “why go vegetarian?”. No es que esté planteándome hacerme vegetariano. Por suerte o por desgracia, yo nací carnívoro y dudo que eso vaya a cambiar. La búsqueda de semejante pregunta tiene como motivación la confluencia de dos hechos en un corto periodo de tiempo. El primero, la lectura del artículo de María Arranz en el número debut de FUET acerca del ritual de la matanza del cerdo. En él, María explica la reiteración de su abuela, año tras año, en preguntarle el por qué de no comer carne, y la seguridad de la firmante de que la adorable anciana no podría llegar a entender sus razones, pues su universo está atravesado por la naturaleza carnívora. El segundo hecho, la confesión de un amigo de su intención de hacerse vegetariano justo después de devorar un McPollo. Sus palabras y sus hechos, a todas luces, se contradecían y, además, fue incapaz de dar una respuesta satisfactoria a mis posteriores interrogantes. No era la primera persona de mi entorno que decidía abandonar la carne, pero sí la primera que me lo comunicaba en un McDonald’s.

En mi afán por entender qué razones llevan a alguien a hacerse vegetariano, recurrí, sí, a Google. Entre los resultados, cientos de ellos, encontré un video grabado en 2010 —es decir, la prehistoria— en el que alguien llamado Graham Hill explica por qué todos deberíamos ser vegetarianos entre semana. En poco más de cuatro minutos, Hill explica las razones por las cuales decidió convertirse en un vegetariano a medias y como eso ayuda a respetar el medioambiente, a ahorrar algo de dinero e incluso ¡a perder algo de peso!

No lo entendí, claro. A pesar de mi naturaleza carnívora, creo que la “conversión” al vegetarianismo pasa por una profunda reflexión, y tiene más que ver con una ideología, más o menos explícita, que con unos hábitos de vida saludables. Por lo tanto, la idea de prescindir de carne de lunes a viernes, pero festejar los placeres de masticarla los sábados y domingos, no puede parecerme sino una suerte de postureo que hace flaco favor a todo lo que hay detrás de lo que los carnívoros puros e ignorantes conocemos como “comer lechuga”. Desconozco cuánta gente ha abandonado los filetes por ahorrar algunos euros y perder algunos kilos. Desconozco cuánta gente ha abandonado las costillas barbacoa por moda, por necesidad de agradar a un grupo determinado de colegas cool o para conquistar al amante de turno y si, después de esa decisión por razones tan poco lógicas, descubrieron todo por lo que el movimiento vegetariano puede llegar a ser fascinante. Suelo desconfiar de la gente que cambia de opinión con facilidad pasmosa, sobre todo en aquellos temas que, en mayor o menor grado, tienen que ver con la identidad de uno. Que si bien entiendo que la identidad no es sino un material poroso, sólo puede ser reconstruida después de la deconstrucción, y eso, amigos y amigas, es mucho más complicado que una digestión pesada.

Me voy a poner en contacto con María, a ver si ella sabe explicármelo.


Texto por Nacho Simal