Marshmallows, ¿una historia romántica?

Conocidas en España como nubes o jamones, la nostalgia de estas chuches podría ser puro marketing.

Abrir una bolsa de nubes es como ponerte la película del Rey León, cuando lo haces, vuelves a tener 5 años. Para la gran mayoría esta golosina tremendamente adictiva es parte de nuestra infancia, y la asociamos con las vacaciones, el campamento o el calor del hogar y la chimenea… ¿puro marketing?

Para hallar su origen debemos ir al antiguo Egipto, dónde se mezclaba la miel y el malvavisco y era reservado para reyes y dioses. Pero su forma moderna empieza en Francia a mediados del siglo XIX, cuando le añadieron claras de huevo y azúcar, reduciendo la cantidad de malvavisco. La producción masiva no empezó hasta los años 50 en América, cuando Alex Doumak patentó el proceso que aún hoy sigue. Esa mezcla gelatinosa azucarada, se extendió en cilindros cortos y se bombeó con aire, inflando las nubes.

Un personaje que ayudó también en su fama mundial infantil fue Snoopy, viendo como este -en numerosas escenas y viñetas- disfrutaba tostando su nube de azúcar solo o en compañía de divertidos amigos.

El placer de comerlas era completo: te lo ponías en la boca y degustabas esa combinación de blandura y textura crujiente, haciéndose poco a poco más pegajosa. Nuestras manos acababan perdidas, y el subidón de azúcar era proporcional a nuestra felicidad. Incluso tostados en la chimenea tenían mucha magia.

A su alrededor se ha creado un mito infantil de aventuras y entusiasmo, que será obra de las mayores empresas alimentarias de américa, pero estas golosinas estéticamente perfectas nos regalan momentos de nostalgia maravillosos.