La dualidad entre lo bonito y lo grotesco, por Kathleen Ryan

“Bad Lemon (Creep)” (2019) foto de Lance Brewer

Limones, peras o melocotones son algunas de las frutas que la artista transforma mediante piedras preciosas en esculturas de frutas podridas, poniendo en tela de juicio la idea actual de belleza.

Que la inspiración puede venir de cualquier parte y que la belleza es subjetiva son frases que estamos acostumbrados a escuchar, y la artista norteamericana Kathleen Ryan nos muestra cuánto de verdad hay en ellas con su exposición Bad Fruit. Inspirándose en las frutas en su estado de descomposición, consigue crear estas esculturas a un tamaño mayor que el de la fruta en cuestión, utilizando moldes de entre 15  y 76 centímetros de ancho. Realizar una de estas esculturas, como un solo limón, lleva alrededor de dos meses, y está cubierto de 10.000 cuentas y piedras.

Foto de Emiliano Granado

Para conseguir esta estética de fruta podrida, Ray comienza con una base de espuma, en la que pinta a grandes rasgos los lugares por los que la fruta va a estar más deteriorada a modo de guía para la parte más divertida del proceso. Una a una, va colocando cada piedra preciosa en el área que ha dibujado. La malaquita verde esmeralda, un ópalo iridiscente o cuarzo ahumado, joyas que por separado son brillantes y majestuosas, pero que por los colores utilizados al juntarse crean esa ilusión de un falso moho verdoso haciendo la fruta pase de apetecible a desagradable en cuestión de segundos.  “Las esculturas son bonitas y agradables, pero hay una fealdad e inquietud que las acompaña”, dice Kathleen Ryan para el New York Times. La artista, para conseguir mayor veracidad en sus esculturas, pasó semanas observando cómo la piel de las frutas se iba descomponiendo para luego recrearlo con las cuentas.

Ryan siempre ha preferido trabajar las cosas con sus propias manos antes que lo manufacturado. Durante tres años trabajó para el fabricante Carlson & Company, compañía que ya cesó su actividad, productora de piezas para grandes artistas contemporáneos como Charles Ray y Jeff Koons, con quien trabajó para sus esculturas «Cat on Clothesline» (1994-2001) y en donde aprendió cómo enfrentarse y echar abajo proyectos muy ambiciosos. Después solo quiso crear lo imperfecto con cerámicas hechas a mano : «estaba realmente cansada de solucionar las cosas con hojas de cálculo», permitiéndose realizar trabajos que la permitieran explorar nuevas técnicas, enfocando sus obras a esculturas hápticas, con gran importancia en el tacto y las texturas que crea.

Foto de Emiliano Granado.

Algunas de estas esculturas serán presentadas en diciembre como parte de una escultura mayor de un bol de frutas en el Art Basel Miami Beach. Además Ryan espera que otras piezas de su trabajo estén expuestas en casas de coleccionistas, lanzando de forma clandestina un mensaje disidente: “No son solo lujosas, hay un sentido de rechazo intrínseco en ellas, que es algo que también está pasando en el mundo : le economía se infla, peor al mismo tiempo también la desigualdad económica, todo a expensas del medio ambiente.”

Kaithleen Ray estudió Arte y Antropología en Pitzer College, y recibió un Master en Bellas Artes de U.C.L.A.Actualmente es representada por la galería Josh Lilley de Londres, en donde tuvo su propia exposición en 218, y por la François Ghebaly en Los Ángeles, en donde sus frutas fueron tocayas de la exposición que hizo junto con otros artistas Bad PeachEste año, Ryan expuso sus trabajos en solitario en The New Art Gallery en Wallsall, Reino Unido, y en el MIT List Visual Arts Center en Cambridge, Massachusetts. De forma grupal lo hizo como parte de Deser X en Coachella. Y a parte, dos de sus esculturas de limones se podían encontrar en octubre en la galería François Ghebaly en la FIAC como parte de la feria internacional de arte. 

“Emerald City” (detalle) (2019). Fotografía de Lance Brewer. 

“Soft Spot” (2019). Fotografía de Lance Brewer

“Serpentine Flurry” (2019). Fotografía de Lance Brewer

Kathleen Ryan en Instagram.

www.kathleen-ryan.com