La cocina de Picasso

Erizos de mar, butifarras y huevos fritos: desmigamos los secretos de la última exposición del Museo Picasso de Barcelona.

Hasta el próximo 30 de septiembre el Museo Picasso de Barcelona ahonda en la vinculación gastronómica del padre del cubismo con la exposición “La cocina de Picasso”. Hablamos con Claustre Rafart, comisaria de la exposición y conservadora de la colección del museo, quien nos descubre en detalle los secretos de esta muestra y nos aclara esa atracción que sintió Picasso hacia el mundo de la cocina.

¿A qué Picasso vamos a poder ver en esta exposición?

Realmente vamos a poder ver a todo Picasso, desde los comienzos de su carrera y sus años de formación, hasta sus últimos trabajos. Esto es gracias a que tal y como descubriremos, el tema de la cocina es algo sobre lo que Picasso trabajará, con periodos de mayor y menor intensidad, a lo largo de toda su vida. Veremos cómo estos motivos invaden todas las técnicas que trabajo. No hablamos únicamente de sus pinturas, sino también de esculturas, obra gráfica, cerámicas y también de sus escritos, absolutamente rebosantes de comida.

Con un artista tan conocido y tan mediatizado, ¿todavía queda entonces espacio para la sorpresa?

Por increíble que pueda parecer, así es (risas). Esa relación de Picasso con la cocina era algo que nunca antes se había tratado, y al hacerlo nos hemos dado cuenta de que es un mundo totalmente espectacular, que estaba ahí, esperando a ser descubierto. Un camino sobre el que todavía se puede ahondar mucho más.

¿Cómo surgió la idea de realizar la exposición?

Todo partió de Androula Michael, comisaria también de la exposición y especialista en los escritos de Picasso. Tenía en mente hacer un libro precisamente sobre esa vinculación de Picasso con la comida, y habló con Emmanuel Guigon, director del museo, para exponerle ese nuevo punto de vista. Él vio enseguida el increíble potencial expositivo que tenía la idea, rápidamente me vinculó a mi como conservadora, y los tres comenzamos a trabajar en lo que finalmente ha sido la exposición.

“El bogavante”, Pablo Picasso 1949.

¿Cómo describirías ese papel de la gastronomía en la obra de Picasso que ha querido poner en valor la exposición?

Primero sería bueno puntualizar qué definimos por “cocina” y de qué manera la vamos a poder ver representada en la muestra, que será en torno a tres conceptos: a la idea de espacio culinario, como instrumentos y utensilios, y por supuesto a través de los alimentos.

En lo que refiere a ese espacio culinario, lo abordamos desde la visión más amplia posible del término, abarcando desde la cocina del propio domicilio familiar del pintor en Málaga, como lugar en el que se come; hasta llegar a esa otra acepción como espacio de socialización y que encontraremos de la mano de los bares, restaurantes, bistrós y cafés a los que solía acudir Picasso. En cuanto a esos instrumentos y utensilios, los veremos presentes en su obra mediante vasos, cucharas, platos, fruteros o a través de la propia mesa. Y finalmente los alimentos, que en la obra de Picasso encontraremos tanto vivos, como muertos. Veremos en sus cuadernos de apuntes y grabados a conejos y gallinas caminando por la calle, para después encontrar a esos mismos animales encima de la mesa de un restaurante, recién salidos del horno y listos para ser comidos.

¿Qué ha significado para ti el haber podido observar la obra de Picasso a través de este nuevo punto de vista “gastronómico”?

La verdad es que he leído e investigado sobre la obra de Picasso abordándola desde diferentes puntos de vista, pero el hacerlo ahora a través de la cocina ha resultado ser un mundo totalmente nuevo. Las propias obras renuevan su discurso por completo. Esa gran capacidad de lectura es algo muy característico de la obra de Picasso y, sin duda, una de las razones de que jamás me canse de él. Y no lo digo con pasión o admiración, sino porque realmente es así. Su obra tiene tantos matices, tantas sinfonías, que nunca terminas de comprenderla por completo.

Con una obra tan extensa como la que desarrolló a lo largo de su vida, ¿cómo ha sido esa labor de selección de las piezas?

Ha sido un trabajo realmente complejo. Sobre todo es cuestión de saber seleccionar las piezas en función de lo que se quiere comunicar, pero piensa que aun así, ya solamente con los fondos del propio Museo Picasso de Barcelona, hubiéramos podido llenar todas las salas.

¿Cómo se han organizado?

A mi entender, aunque eso es algo que los visitantes tienen que valorar, la distribución de las piezas es precisamente uno de los grandes méritos de la exposición. Para entenderla bien habría que pensar en ella como en un poemario del que cada sala constituye un poema, con su propia lectura y discurso. Siguiendo así un orden cronológico y conceptual, cada sala tiene su propia autonomía sí, pero al mismo tiempo se complementan, conduciéndote cada una de ellas a su vez a la siguiente. Y esto es algo que enriquece muchísimo la exposición.

¿De dónde provienen la mayor parte de las obras que podemos ver?

Además de contar con obras de nuestros propios fondos, tenemos unos prestamos importantísimos de obras provenientes del Museo Picasso de París, que ha sido muy generoso, del Centro Georges Pompidou, de la Fundación Beyeler, del Museo Picasso de Antibes, del Museo Nacional de Arte de Cataluña, de coleccionistas privados… Así hasta componer el total de 200 obras que pueden verse entre pintura, dibujo, obra gráfica, escultura, cerámica y documentación.

¿Veremos obras especialmente singulares?

Sí, por supuesto. Tenemos piezas magnificas, como una naturaleza muerta del año 24 de la Fundación Beyeler, que casi nunca prestan, algunas esculturas del museo Picasso de París, el famoso tándem de Els Quatre Gats que nos han prestado del MENAC o las dos representaciones que hizo de El bufé de Le Catalan. Pero al margen de esas piezas importantísimas, lo que creo que es más bonito e interesante es ese carácter de conjunto al que hacía referencia, esa característica tan coral que le hemos otorgado.

“Corrida de toros y pez”, Pablo Picasso 1957.

Me contabas que esa Cocina de Picasso no solamente la veremos reflejada en su obra pictórica, sino también en sus cerámicas, esculturas…

Esa es una de las características más importantes de Picasso: la transferencia de motivos, iconografías y temas de una técnica a otra. Y en el caso de la cocina ocurre de la misma forma, de manera que veremos como comienza a tratarla en una técnica, para luego pasar a otra, hiendo y viniendo; con la particularidad de que siempre le dará un aspecto muy vivo. Como suele decir Androula Michael, en Picasso no se puede hablar de naturalezas muertas, sino de naturalezas vivas.

Y ciertamente es así. Picasso decía “qué le vas a hacer, a Olga le gusta el caviar, y a mi me gustan las judías con butifarra”. Pues bien, esa butifarra es la mismas que vemos en la exposición en compañía de unos huevos fritos con tanta viveza, que invita a comérsela. Y lo mismo ocurre en su obra gráfica. Sus grabados, incluso aquellos realizados en tinta, tienen tales sutilezas y tantos matices, que a pesar de ser en blanco y negro, encuentras a sus langostas o al vaso de vino desbordantes de vida. Eso es fascinante.

Entre la documentación presente en la exposición encontramos curiosidades como esos pequeños resguardos y listas de la compra. ¿Cómo es el Picasso que reflejan esta serie de documentos?

La propia exposición es que precisamente es eso, el cesto de la compra de los Picasso. Los alimentos que encontramos en ella son los mismos que solían comer. Las fotografías que incluimos ilustran muy bien esa vinculación entre la vida cotidiana de Picasso y su obra, siendo una de las series realizadas por David Douglas Duncan la que quizás lo ejemplifica mejor. En ellas vemos a Picasso comiéndose un lenguado, puliendo las aristas de la espina con la boca y con las manos, hasta tenerla bien limpia. Entonces allana una superficie de barro, graba la espina en ella, la sitúa sobre uno de sus platos con motivos taurinos y lo cuece. Todo un proceso registrado por Duncan, que recoge con sus fotografías la creación de este plato con lenguado que también forma parte de la exposición.

En cuanto al resto de documentos, como esos recibos de la compra de la época en la que vivía con Olga, son una pequeñísima selección de lo que se conserva, porque Picasso lo guardaba absolutamente todo. Y respecto a qué comía, Picasso era un hombre muy frugal, con pequeñas excepciones. Comía muy poco, principalmente alimentos de temporada y muy ligados al lugar en el que se encontraba. Su cocina era una cocina muy mediterránea, de mucha ensalada, verduras y pescados, sobre todo en la época en la que se instaló en el Midi francés. Comía muy poca carne, y algo de vino para mezclar en las comidas. Era muy goloso, eso sí (risas). Le gustaban mucho los pasteles y los quesos, pero siempre con ese carácter frugal en el comer. Por el contrario con sus invitados era muy generoso, siempre les animaba a comer y a repetir.

Picasso en La Californie realizando “Corrida de toros y pez”. Fotografías de David Douglas Duncan, 1957.

Retomando el tema de sus bodegones y de esas naturalezas “vivas”, ¿crees que Picasso las utilizaba meramente como excusa para ensayar nuevas técnicas y estilos que luego trasladaba a otras obras? ¿O poseen una entidad propia dentro de su ideología simbólica?

Creo que es una muy buena pregunta, y difícil de contestar (risas). Hay un poco de todo. Sí es cierto que estas obras le sirvieron mucho para experimentar, pero también lo es que su imaginario funcionaba perfectamente. Esto se ve muy claro en las pinturas que realizó en tiempos de guerra y también en las pertenecientes a su Período Azul.

Durante la Segunda Guerra Mundial vemos como sus obras se llenan de cerezas, langostas, limones, frutos de mar… Alimentos impensables de encontrar en el mercado de racionamiento de la época. Aquí podemos ver además de esa experimentación técnica, el carácter simbólico de su obra; en la que su imaginario nos presenta todos aquellos alimentos que le apetecían, pero imposibles de conseguir.

Este carácter simbólico lo vemos aun más claro en las obras de su Período Azul. Etapa en la que yo defino la “no cocina”, como la cocina de esos años. Es una época de pobreza en la que representará a las gentes surgidas de las capas más marginales de la sociedad, personas que vemos sentadas a la mesa alimentándose de un trozo de pan seco o de una botella de mal vino, y eso en el mejor de los casos. Nos encontraremos con el mendicante que pide en la calle, sentado en el suelo junto a un plato vacío. O con el ciego sentado a la mesa gesticulando con unas maneras que nos evocan a aquella Santa Cena que Picasso representó en sus años de formación, y a la que también evocan ese pan duro y ese vino. La eucaristía, la pobreza… todas esas referencias estarán muy presentes en las obras de esta etapa, y reflejan muy bien ese carácter simbólico de su obra.

“Niño con langosta”, 1941 y “Sepia”, 1914.

Centrándonos en ese simbolismo, en comparación con artistas como Dalí que dotaba a cada alimento que representaba de un significado propio, ¿Picasso juega a ese mismo nivel de simbolismo reduccionista al representar ese trozo de pan, una langosta o la botella de Anís del Mono? ¿O a un nivel más general en el que habla a grandes rasgos de la pobreza o de esa carestía durante la guerra?

Yo creo que sí utiliza ese simbolismo en detalle, y el ejemplo del pan y su relación con la religión, con la celebración de la eucaristía y con el cuerpo de Cristo es muy claro durante todo ese Período Azul del que hablábamos.

Pero es muy interesante ese otro ejemplo que mencionas, el de la Botella de Anís del Mono, porque esa botella va a entrar a jugar con la estructura de la obra cubista que planteará Picasso. El cubismo tiene mucho de concepto evidentemente, pero también tiene una parte formal muy importante, en la que esa botella de cristal de superficie facetada, le va a servir a Picasso para desarrollar esos cortes y esos planos estructurados característicos del cubismo. Así en Picasso y en su relación con la comida no solamente encontraremos concepto y simbolismo, sino también una influencia formal muy interesante.

Esos motivos frutales y “de comer” que incluye dentro de otras composiciones, como puede ser ese plato de frutas de Las Señoritas de Avignon o el vaso de Au lapin agile, ¿juegan también un papel activo dentro de la simbología de la obra, o cuentan como simples aderezos?

Sin duda son elementos que importan. De entrada en Picasso las naturalezas muertas las encontramos como indicas de dos maneras, como motivo único de una obra, o dentro de una composición más amplia. Ese es el caso de Las Señoritas de Avignon, que me remite mucho a su obra de El Harén. Este es un cuadro que realizó durante el verano de 1906 en Gosól, y en el que la comida tiene un carácter totalmente simbólico. Una obra que además he estudiado de manera particular.

En ella Picasso nos introduce dentro de un harén propio de las mil y una noches, entre cuyas figuras destaca la presencia de un eunuco, sentado junto a una naturaleza muerta compuesta de productos autóctonos. Alimentos propios de la mesa de Gosól y de la casa del payés, como la butifarra y el porrón de vino, que adquieren a mi entender una naturaleza fálica dentro de la obra. El cono del porrón, la misma butifarra, son elementos totalmente fálicos que vienen a compensar esa potencia sexual de la que carece la figura del eunuco. Esta combinación de ironía, sexualidad y el tratar temas de naturaleza erótica es algo muy propio de la pintura de Picasso, también en su vinculación con la comida como veremos en otras obras suyas como Le Déjeuner sur l’Herbe.

Ahora que mencionas esa reinterpretación de Le Déjeuner sur l’Herbe (Almuerzo sobre la hierba) de Manet, ¿todo ese simbolismo de la obra original será algo que Picasso interiorizará, o únicamente lo reinterpreta de manera estrictamente formal?

No, no, en ningún caso. A pesar de ser muy fiel en sus paráfrasis a las obras originales, él es muy consciente de lo que hace. En las hasta 40 que realiza de esta obra de Manet se centra precisamente en ese trio de figuras formado por las dos mujeres desnudas y el orador junto a la naturaleza muerta, por la tremenda modernidad que estos elementos supusieron para la época. Hay que pensar que Manet pintó su obra en 1863, y fue todo un escándalo; y a Picasso todo aquello que se salía de la norma le atraía.

“Cabeza de mujer”, Pablo Picasso 1929-1930.

Este revisionismo desde un punto de vista gastronómico que hace la exposición, ¿crees que actúa únicamente como un camino desde el que observar la obra de Picasso desde una perspectiva diferente?¿O esa vinculación con la comida quizás jugó un papel principal dentro de las temáticas que trabajó?

De entrada para el gran público no hay duda de que la exposición supone una nueva lectura de la obra de Picasso. Al fin y al cabo son ellos los principales receptores de la exposición, y creo que es esencial darles esas nuevas lecturas con las que poder aproximarse a su obra. Y por otra parte, y es algo de lo que estamos especialmente satisfechos, es el haber abierto esta nueva vía de investigación que como señalas, puede ir todavía mucho más allá. Nosotros en este caso hemos sido pioneros, pero es una línea que puede servir no solamente para continuar analizando la obra de Picasso, sino también la de otros grandes artistas.

Al final es lo que tiene de importante la investigación, que es un camino abierto que nunca se cierra del todo. Y más cuando hablamos de Picasso y de artistas igual de potentes que él, de los que por mucho que se hable, siempre hay espacio para abrir nuevos caminos con los que analizar su trabajo. Esa es parte de la magia de Picasso, y algo que en lo personal valoro muchísimo. Picasso es él, pero nunca viene solo. Te remite desde al arte rupestre al arte medieval; pasando por Rembrandt, Velázquez, El Greco o Goya, alcanzando a Cézanne, Manet o Renoir y llegar hasta a sus propios coetáneos. Pero es que tampoco nos quedamos ahí. Después tenemos todas las vías que abrió en el arte contemporáneo, también con sus escritos y con su obra literaria. Picasso reúne toda la historia del arte occidental, y vemos como en su vinculación con la cocina también convergen todos esos caminos.

Con todas esas referencias, ¿todavía hay quien pueda pensar que Picasso fue únicamente un pintor cubista?

Evidentemente Picasso tuvo un papel clave en el cubismo porque fue junto con Georges Braque su instigador. Pero su obra la puedes llegar a ligar hasta con el grafiti. Tenemos también todas las obras académicas de sus comienzos, o las connotaciones surrealistas que ya señalaba Breton. Fue un artista muy global y muy pluridisciplinar.

Poniendo el foco en sus bodegones y naturalezas muertas, ¿de qué manera dirías que logró subvertir esas influencias clásicas y esa tradición académica?

Picasso era un artista de fuerte mirada a la tradición. De entrada mira al bodegón español y a la obra de pintores como Zurbarán, pero es un artista de vanguardia que vive en el siglo XX, artífice de uno de los -ismos más revolucionarios de la época; cuya creación significó dinamitar todo el arte vigente desde el renacimiento.

A través de esa línea cubista que creó, abrirá caminos que le llevarán no solo a pintar elementos que puedan resultar transgresores para esa tradición pictórica que tanto admira, sino a llevarlos a otros terrenos como el escultórico utilizando piezas como una cucharita de absenta. Esas pequeñas esculturas, esos 5 vasos de absenta, son autenticas obras maestras con las que introduce elementos de la vida cotidiana en el marco artístico. Algo muy parecido a lo que Duchamp hizo al convertir su mingitorio en obra de arte.

Algunas de las piezas más llamativas que podemos ver en la exposición son precisamente esa serie de pequeñas esculturas. ¿Qué otras piezas de nuestras cocinas vamos a poder ver convertidas en obras de arte gracias a la mano de Picasso?

Veremos desde dos escurrideras convertidas en cabeza, a cucharones atados con cuerdas o esas cucharitas para remover la absenta. Este es un tema interesantísimo sobre el que trabajó el antropólogo LéviStrauss al desarrollar la idea del bricoleur, del bricolaje, y hablar de la vinculación del arte con los objetos provenientes de la vida cotidiana. Y si bien Picasso no fue un bricoleur en el sentido estricto, sí hizo uso de él.

Entre estas esculturas encontramos por ejemplo a ese hombre, a esa especie de espantapájaros, construido mediante un cucharón, unos pequeños rastrillos de jardín a modo de brazos y manos, y todo ello unido con cuerdas. Evidentemente es un trabajo de bricoleur, pero además detrás tenemos el concepto, la idea. Esto es lo realmente interesante de Picasso, esa unión del concepto, de lo intelectual, con la manualidad y el bricolaje.

“Vaso de absenta”, 1914 y “Figura”, 1935.

Otras de los piezas más sugerentes de la exposición son sus piezas cerámicas. En ese sentido, una de sus frases más conocidas es aquella de “Me llevó toda una vida aprender a dibujar como un niño”. Si en la pintura Picasso reconocía esa evolucionó hacia una expresividad infantil, ¿hacia dónde caminaba con estas cerámicas y platos?¿Quizás hacia esa primera infancia del hombre, al momento en el que el hombre primitivo pasa a ser civilizado?

Totalmente. Piensa que hay dos cosas que están en el origen de la humanidad, que son por un lado la comida y por el otro la cerámica. En ellas se mezclan de la misma manera tres elementos básicos, que en la comida son la tierra, que es el origen de todo; es el campo, los cultivos. El fuego, necesario para cocinar, y que sin duda ha significado la revolución más importante que ha vivido el hombre en todas sus épocas. Y el agua, imprescindible tanto para la existencia del condimento como para la propia existencia humana. Estos tres elementos los encontramos de la misma manera en la cerámica, que necesita barro, necesita agua para ser moldeada y fuego para ser cocida. Los tres son imprescindibles en ambos casos, y en la obra de Picasso se unen.

Viendo el carácter y la naturaleza de todas estas piezas y objetos, ¿nos estaba abriendo Picasso el camino hacia la admiración de “lo cotidiano”?

Sin ninguna duda. Hablamos de un tema, el de la cocina, que como apuntaba es tan antiguo como la propia existencia humana, y que conecta con la vida cotidiana de todos nosotros. Ese respeto hacia los objetos, independientemente de su origen y naturaleza, era además algo muy propio de Picasso. Podía estar caminando por las cercanías de Vallauris y recoger trozos de cerámica, deshechos, que luego moldeaba. O encontrarse con ese cucharón y ver en él todo su potencial artístico. Desde su concepto era capaz de convertir cualquier objeto, como así hizo en muchísimas ocasiones, en autenticas obras de arte.

“El restaurante”, Pablo Picasso 1914.

En la vinculación de su obra con la cocina no solamente se ciñó al plato, sino que también inmortalizó el ambiente de aquellos cafés como el parisino Le moulin de la galette o el Café a Royan, por no citar los trabajos que realizó para el barcelonés Els Quatre Gats. ¿Qué importancia tuvieron todos estos cafés y restaurantes para su vida creativa?

Tuvieron muchísima importancia, como la tuvieron para todos los demás artistas de la bohème del momento. Allí iba con su grupo de amigos para coincidir con otros artistas, literatos y demás gentes de la cultura, con la mesa como espacio en torno al que compartir y socializar. Eran sitios de reunión, como lo serán todos esos bistrós y cafés que frecuentará en el Montmartre de principios de siglo, en su temporada en Royan o el Le Catalán durante la Segunda Guerra Mundial.

En sus años en Barcelona Els Quatre Gats resultará vital. Era el centro neurálgico de la vanguardia catalana y un lugar en el que además de editar sus propias revistas Quatre Gats y Pèl & Ploma, se recibían publicaciones francesas como Gil Blas, revista que también leía su padre. El tener acceso a estos magazines, en los que escritores como el poeta Joan Maragall, que era germanófilo, traducían artículos de filósofos e intelectuales como Schopenhauer, le permitía entrar en contacto con todo lo que pasaba en Europa y en otras ciudades como París; hasta tal punto de tener como meta marcharse allí lo antes posible. Eran lugares que revitalizaban a Picasso.

Esa mesa en torno a la que se socializa y se comparte nos evoca a ese ámbito de lo familiar, tan agitado a su vez en la biografía de Picasso. ¿Crees que llegan a entrar en conflicto esa atracción que siente hacia el “espacio de comer” y su naturaleza como espacio familiar, con su propia vida privada?

No, no lo creo. Yo en este aspecto a la mesa de Picasso tampoco le daría ese valor único de lo familiar, sino el de la socialización compartida. Habría que entender esa mesa como un lugar de reunión y de socialización, ya con la propia familia, con amigos o con quien fuese.

Evidentemente la mesa juega un papel en el espacio familiar importantísimo, y así lo vamos a ver en la exposición con fotografías de Picasso comiendo con Françoise Gilot, junto a Jacqueline en su villa de La Californie o con preciosos grabados como el de Olga dando de comer a su hijo Paulo. Esta es la mesa familiar, pero hay más. Luego tenemos esos manteles de cuadros que encontramos en tantas de sus obras, el simbolismo de esos comensales de las tabernas del París de su Período Azul, esa mesa del Au Lapin Agile… Obras donde observamos ese valor de la mesa como lugar de socialización que es el que yo destacaría, porque en realidad es el mismo que se le da en la familia. La mesa al final es el lugar donde la familia se reúne, donde se habla, un espacio en el que socializar y compartir alimentos, bebida y conversación.

“Teoría de la evolución culinaria”, Ferran Adriá 2013.

La exposición culmina con una pequeña intervención de Ferran Adriá. ¿Por qué se pensó en incluirla dentro del marco de La cocina de Picasso?

Lo que veremos en esta sala que en el Museo destinamos al arte más contemporáneo, es una exposición independiente dedicada a Ferran Adriá, y que no dialoga de manera directa con La cocina de Picasso. Dicho esto, a nosotros sí nos pareció interesantísimo el poder sumar su opinión a la exposición y saber sus reflexiones sobre esa vinculación de Picasso con la cocina. Esa es una de las razones por la que sí está muy presente en el catálogo de la muestra, con por ejemplo esa fantástica entrevista “Hay un pelo en mi sopa” que le han hecho Emmanuel Guigon y Jèssica Jaques.

También son muy interesantes el resto de iniciativas que habéis organizado de manera paralela a la exposición, y que quizás siempre terminan pasando más desapercibidas.

Nosotros las difundimos en la web e incluso dentro del mismo folleto de la exposición para darles aún mayor visibilidad, pero al final también depende un poco del día. Unas veces asiste más gente, y si juega el Barça pues menos (risas).

A través de estas actividades tratamos diferentes temas, además de que nos han permitido sacar la exposición a diferentes espacios de la ciudad, incluido Els Quatre Gats. En femenino por ejemplo, una tertulia en la que un grupo de mujeres como Carme Ruscadella se encargaban de dar su visión de la cocina picassiana, fue interesantísima. Es cierto que las conferencias y las visitas comentadas entre Emmanuel Guigon y Ferran Adriá despiertan quizás un mayor interés, pero al final todas tienen su público.

“Cerámica con trampantojo (Morcilla y huevos)”, Pablo Picasso 1951.

¿Qué nuevas sorpresas nos estáis preparando desde el museo?

Tenemos dos exposiciones que vienen pisándonos los talones y que inauguraremos en el mes de noviembre. Una será de Picasso a través de la figura de Jaume Sabartés, su secretario además de íntimo amigo, y la otra sobre los editores Gustavo Gili, autores de obras maestras de la bibliografía picassiana como La tauromaquia o El entierro del Conde de Orgaz, también grandes amigos suyos, e impulsores a su vez de este Museo Picasso de Barcelona.

Para terminar, después de todo lo aprendido gracias a esta exposición, ¿cómo sería ese menú perfectamente picassiano?

La verdad es que en la cesta de Picasso yo me encontraría muy a gusto (risas). Mis favoritos serían esos alimentos que encontramos en la sala bautizada como “Frutos de mar”, y en la que tenemos desde moluscos a erizos de mar y gambas. Y si le añadimos un final de cerezas, que además estamos en la época, mejor imposible. O los quesos que tanto le gustaban. También hay unas berenjenas que están como recién sacadas del huerto, sin olvidarnos de esa butifarra negra acompañada de huevos fritos de la que hablábamos… (risas). Es muy interesante esto de los huevos, porque tanto en su obra como sobre todo en sus escritos, los huevos fritos salen por todas partes. Esto es algo que yo uno a Velázquez y a su maravillosa Vieja friendo huevos.

¿Entonces tenemos huevos fritos, queso, butifarra negra, erizos de mar, cerezas…?

¡No, tanto no! (risas). Yo me quedaría con los frutos de mar y las cerezas. Y con los huevos fritos claro (risas).

La cocina de Picasso
Hasta el 30 de septiembre de 2018
Museu Picasso · Barcelona

 

*Fotografías cortesía del Museu Picasso de Barcelona.