Judías con carne

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La mujer de la gabardina color crema ya estaba nerviosa antes de entrar en el apartamento. La llave arañó la cerradura en cuatro ocasiones y en la tercera resbaló de su mano, precipitándose al enmoquetado suelo del rellano. Fue un golpe apenas audible, para ella la caída de una bomba cargada de vergüenza que, al detonar, concentró su sangre en las mejillas. Azorada, no se agachó a recogerla hasta confirmar que el rellano seguía desierto.

La mujer de la gabardina color crema se convirtió en la mujer del elegante vestido lila al dejar su prenda de abrigo sobre la cama. La habitación hacía honor a los quinientos euros que costaba por noche, destacando unas vistas que cualquiera agradecería antes de morir. Aunque su corazón la invitara al desmayo, siguió el consejo de su profesor de yoga y respiró profundamente, visualizando en todo momento el recorrido del aire por su interior. No llegó a relajarse, pero reunió fuerzas para alcanzar el baño, dando cortos pasos que el suelo amortiguó. Se detuvo ante la puerta, entreabierta, y sintió el calor del vapor y la imprecisa mezcolanza de aromas que manaba del interior. Apoyó una mano de reciente manicura en el pomo y por mucha suavidad que puso en su empuje, las bisagras crujieron.

La mujer del elegante vestido lila contempló al hombre de la bañera, sumido en la penumbra de las muchas velas dispuestas a su alrededor. Era una realidad ineludible: parcialmente sumergido, con sus ciento cincuenta kilos ajustados al perímetro de la pila y los brazos apoyados en actitud regia. La piel húmeda, rosada y varicosa golpeó sus sentidos con violencia, logrando que la mujer retrocediera un paso y se llevara la mano al pecho en una rápida confirmación de que su corazón seguía latiendo. El hombre la contempló con su vacua mirada, dos puntos que ofrecían indiferencia en contraste a la creciente angustia que experimentaba ella.

“Te estaba esperando”, dijo el orondo personaje. Levantó uno de sus fofos apéndices y en un gesto elegante lo dirigió a una cubitera de champagne. Tomó lo que parecía una cebolla y la sostuvo en vilo durante unos segundos. Cuando creyó que tenía la aprobación de la mujer, la restregó con parsimonia por su mentón, desgajándola, impregnando su piel con la volátil esencia del bulbo y esparciendo a su alrededor un aroma que martirizó a sus glándulas lagrimales: lloró mientras la cebolla quedaba reducida a una mínima expresión; sus ojos enrojecieron cuando de la misma cubitera tomó un ajo y repitió el proceso; contadas lágrimas al hacer lo mismo con un pimiento, con un puerro y con una zanahoria, a la que dedicó una solemne ejecución tomándola de los extremos y quebrándola por la mitad. La mujer del elegante vestido lila, petrificada, apoyó la espalda en una esquina, incapaz de apartar los ojos de la escena. Sus rodillas desistían mientras el hombre de la bañera aplastaba contra su torso hasta cinco tomates, esparciendo piel y semillas por su pecho fláccido; un gesto no menos violento que verterse por encima una botella de vino, terminar de ensuciar el agua con el néctar y culminar el espectáculo engullendo un frasco entero de judías que, ante la incapacidad de tragarlas sin ahogarse, fueron descolgándose por su barbilla lentamente antes de unirse al naufragio culinario. Así finalizó la función. El hombre de la bañera alzó los brazos en busca de una ovación y demostró que era un buen perdedor al no obtenerla. Hombre y mujer se contemplaron con opuestos sentimientos hasta que un hormigueo en el vientre de ella la obligó a recuperar su gabardina y, a toda prisa, abandonar el apartamento. Permaneció unos minutos en el rellano, pegada su espalda a una pared, las uñas de una mano clavadas en el estuco mientras hacía frente a los temblores que cruzaban sus piernas. La gabardina cayó y con la mano libre aferró un extremo del vestido. Lo arrugó a la altura del pubis, abarcando la prenda y la ropa interior tras ella. Finalmente, contrajo el rostro en una mueca de indefensión, sus párpados quedaron a media asta y sus labios en la forma de una diminuta y prolongada o.

La mujer del arrugado vestido lila tardó en recuperarse, pero cuando lo hizo, se apresuró en recoger sus pertenencias y dejar un fajo de billetes en el suelo del apartamento. Cerró con delicadeza y abandonó el hotel.

Un relato de Bill Jiménez