Inês Neto Dos Santos, la artista que desafía la forma de comer

Foto: David Levene

Esculturas colgantes a base de encurtidos o lienzos verticales de mantequilla casera. El trabajo de la artista portuguesa nos enseña a jugar con la comida.

El pasado 18 de septiembre tenía lugar, en el marco del festival Hybrid, un happening culinario en el que la creadora Inês Neto Dos Santos (Lisboa, 1992) se servía de suelo, paredes y techo en el interior de una casa en hilera para colocar una serie de alimentos característicos de nuestra cocina.

Nada más entrar a este singular comedor sin muebles, los invitados contemplaban asombrados los móviles de gildas o las barras de pan dispuestas sobre el tapete. Unos y otros se miraban expectantes, preguntándose quién debía tomar la iniciativa de probar el primer bocado. Mientras tanto, la artista les animaba a mancharse las manos con los pedazos de mantequilla o el jugo del tomate natural. En definitiva, a comer con las manos, olvidándose de toda convención social.

Esta es una de las muchas acciones performativas que Inês lleva poniendo en marcha desde hace años en Londres, ciudad en la que reside actualmente y en la que desarrolla una investigación que pone en el centro de todo la comida como elemento de empoderamiento y unión entre las personas. Es allí donde ha creado el proyecto Mesa, un conjunto de cenas cuyo menú se inspira en el trabajo de otros artistas y donde lleva a cabo otras acciones a modo de performance y exposiciones comestibles. En ellas, el espectador deja de ser un sujeto pasivo para oler, degustar y conversar con otros comensales a quienes no necesariamente conoce.

Con motivo de su intervención en Hybrid, aprovechamos para hablar con Inês acerca de un trabajo en continua evolución y que también ha itinerado por ciudades como Oporto y Atenas, además de por su natal Lisboa.

¿Qué es lo más interesante de trabajar con comida y qué intentas expresar al utilizarla en tus intervenciones con el público?
Me sirvo de la comida, la gente y los espacios para cuestionar nuestros alrededores y proponer nuevos intercambios y conversaciones al tiempo que investigo el potencial infinito de la primera para crear sentimientos de unión. La comida es el lenguaje universal que todos hablamos y, por lo tanto, un medio fascinante para el diálogo. Para mi, llevar esta al espacio expositivo supone una manera de desafiar dicho espacio, así como las dinámicas existentes en él, poniendo el foco sobre aquellas que se producen entre el público y la obra de arte.

¿De qué manera suele reaccionar la gente? ¿Existe una cierta reticencia al saber que tienen que comer con las manos?
Sorprendentemente, la gente suele estar dispuesta a comer con las manos. Parece que, al presentar la comida en un contexto y ambiente inusuales, las personas se muestran más dispuestas a sucumbir ante lo “informal” y lo “infantil”.

Foto: Liz Gorman

Cuando mi obra se presenta en una galería o en un contexto expositivo, los asistentes, al principio, están dudosos porque no saben si pueden empezar a comer. Sin embargo, en una cena que organicé y tras dar ese primer paso, pregunté si alguien quería usar cubiertos. ¡Todos me miraron horrorizados!

Parte de tu trabajo se ha desarrollado bajo la forma de residencias artísticas en distintas ciudades europeas. ¿De qué forma varían estas exposiciones comestibles, así como la experiencia del público dependiendo del lugar en el que te encuentres?
La mayoría de mi trabajo se adapta al lugar en el que se desarrolla, por lo que, aunque el proyecto sea el mismo, el resultado acaba siendo diferente. Cada sitio trae consigo distintos tipos de comida, historia y narrativa a mi trabajo, lo que condiciona el cómo lo presento.

¿Tienes alguna preferencia a la hora de seleccionar los ingredientes que vas a emplear en cada instalación?
Tiendo a trabajar sobre todo con verduras. Es el modo en el que he comido durante casi toda mi vida adulta y la manera en que me siento conectada con la temporada de cada alimento. Todo ello constituye una forma de producir ligada a un lugar específico.

Foto: Liz Gorman

Parece que Mesa es el punto de partida en tus investigaciones. ¿Qué puedes contarnos acerca de este proyecto?
Mesa es un proyecto que toma forma a través de varias experiencias relacionadas con la comida y clubes de cena que desafían nuestro encuentro con el arte. En cada evento, colaboro con un artista y, juntos, creamos una especie de cena-exposición: el artista invitado presenta su trabajo y yo diseño un menú inspirado por este. Se trata de un proyecto donde intento crear nuevas vías de compromiso con el artista y las obras de arte incorporando la comida.

Mesa, que comenzó como un ciclo de cenas mensuales interdisciplinares que solía organizar mientras estudiaba mi master, se ha convertido ahora en una plataforma de difusión de aquellas colaboraciones que siempre he querido establecer. Además, me encanta pensar en la comida como una forma de relacionarse con el trabajo de otros artistas. Es como traducir el sentimiento que te produce el ver una pintura o disfrutar de una performance a un formato comestible…como enriquecer una obra de arte a través de algo que no es puramente visual porque también tiene sabor, olor y textura.

Has centrado tu atención en estudiar los procesos naturales que siguen ciertos alimentos tales como la fermentación. ¿Qué es lo más fascinante de este tipo de fenómenos y cómo aplicas su estudio a tus instalaciones?

Hace tiempo que estoy interesada en la fermentación. Empecé a ver la conexión entre este proceso y vivir en comunidad de forma colaborativa.

Lo que sucede con los alimentos fermentados es que se produce una simbiosis de bacterias y hongos, entre el alimento y el entorno que lo rodea. Se trata de una colaboración de microorganismos invisibles totalmente dependiente de la temperatura, la humedad, el periodo del año, etc. Prácticamente similar a cuando intercambiamos conocimiento y habilidades con otra persona. Del mismo modo, veo la fermentación como un ejemplo de mi trabajo ligado a un lugar específico, como archivos de micro-información o el mapa de un lugar específico.
En muchos aspectos, mi trabajo acaba transpirando estas ideas de localidad, colaboración e intercambio.

Foto: Alicia Moreno

Las intervenciones con público resultan fascinantes. No obstante, ¿cómo transcurre tu trabajo de espaldas a la gente?
Investigo y experimento constantemente en la cocina. Así es como se desarrolla todo mi trabajo. Es cierto que una gran parte transcurre entre instalaciones e intervenciones de carácter performativo, pero también ejerzo la docencia, escribo y cocino.

¿Crees que la comida puede desafiar modelos de educación imperantes en la sociedad?
Veo en la comida un increíble potencial para el diálogo, el debate y la crítica. Es una herramienta de unión muy poderosa porque todos comemos. Es como si habláramos el mismo idioma pero con diferentes acentos. De hecho, las mejores experiencias educativas que he vivido han estado basadas en el aprendizaje cara a cara. Eso es justamente lo que proporciona la comida.

¿Hasta qué punto funciona también como una herramienta de empoderamiento?
El acto de comer y cocinar lleva asociado muchos significados, intenciones, historias y acciones, lo que constituye una parte fundamental de la cultura. La comida puede ser altamente política y social. Ya solo el hecho de tomar decisiones cotidianas con respecto a ello es una manera de hacernos oír, aunque no usemos las palabras. Estas decisiones nos ayudan a liderar un cambio, a conectarnos con quiénes somos y con el lugar en el que vivimos, a entender nuestro entorno. Si nos preocupamos por lo que comemos –cocinándolo, compartiéndolo y comiéndolo– podemos llegar a entendernos a nosotros mismos y a los demás.

¿Hay algo que cambiarías sobre el modo en que estamos habituados a comer?
Dejaría atrás la inmediatez en la gratificación y apostaría más por establecer conexiones entre el pasado, el presente y el futuro. Es importante volver a conectar con los ciclos naturales del mundo que nos rodea, olvidando ese ritmo acelerado en el que estamos inmersos. Comamos más cosas reales, cultivadas y cocinadas por gente real –nosotros–. Es en ese contexto cuando la comida empieza a contar historias fascinantes.

Fotos: David Levene

Antes de estudiar diseño y comunicación visual eras cocinera. ¿Cuál es el punto de inflexión entre el chef y el artista? ¿Te sientes más de una cosa que de la otra?
En realidad empecé como artista, aunque siempre he mantenido un interés en la comida. Poco a poco, esta se fue colando en mi trabajo hasta que se apoderó completamente de él. Fue entonces cuando empecé a trabajar en cocinas profesionales para ganar experiencia y aprender cosas que de otro modo no podía haber aprendido por mi misma. Me veo como a una artista, sobre todo. No obstante, me gusta moverme en esa frontera desdibujada entre el chef y el artista. Es ahí donde suceden cosas interesantes.

Foto: Katie Davies

¿En qué otros proyectos te encuentras trabajando actualmente?
Estoy trabajando en un proyecto muy emocionante para el año que viene en colaboración con un comisario y del que aún no puedo revelar nada. Sólo puedo decir que será en Londres, que se trata de algo que he querido hacer durante mucho tiempo y que implicará muchas colaboraciones y eventos abiertos al público.

¿Cuándo y dónde tendremos la oportunidad de disfrutar tu próximo happening?
A mediados de octubre estaré en PADA Studios (Lisboa) trabajando en una instalación a la que seguirá una intervención muy especial sobre el aceite de oliva en Oporto. Además, ¡Mesa vuelve a finales de noviembre! Echadle un ojo a mi cuenta de Instagram donde estaré compartiendo todas las novedades.