El sabor de las flores

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Para comer, o simplemente para decorar, el arte de sembrar los platos con flores tiene una larga historia que encuentra en el cine su mayor fuente de inspiración.

Buena la hizo El director mejicano Alfonso Arau cuando en 1992, llevó al cine Como agua para chocolate, la novela de su esposa Laura Esquivel. Los pétalos de rosa roja que formaban parte de un amoroso platillo de perdices se hicieron tan famosos que cocineros  de medio mundo empezaron a incluirlos en sus recetas. De ahí a ponerse de moda, en restaurantes de famosos chefs, el utilizar flores comestibles para vestir de belleza sus platos o para aderezar ensaladas, hacer diabluras en repostería o, simplemente, mecerse en una copa de combinado exótico, no pasó mucho tiempo.

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A los pétalos de rosa se incorporaron flores chiquitas que ya tenía un papel importante en la dulcería tradicional como la violeta, la angélica, la flor del calabacín y otras, como las flores de la acacia o del saúco, que antes, en la cocina de nuestras abuelas, rebozadas en harina, fritas y chorreando miel, hacían las delicias del personal grande y chico en las tardes de vacaciones.

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Cuando, en el 2001, Mira Nair, la gran directora india, llevó a la pantalla “La boda del monzón”, las caléndulas se unieron al elenco de flores comestibles. La década anterior conoció así el auge de las flores como elemento decorativo en la restauración y la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria planteó problemas en torno a la salubridad de los cultivos florales y estableció normas para hacerlos saludables, así como una larga lista de flores comestibles y no comestibles. Decayó un poco la afición a las flores.

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Pero  algunas no se han ido y están con nosotros desde la noche de los tiempos: tila, manzanilla, azahar, hibisco, violeta, angélica y muchas otras, cuyos efectos benéficos en forma de infusiones aminoran o curan malestares.

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Para hacerse con racimos de flores de acacia o “sombrillas” de flores de saúco no hay más que alejarse de la ciudad, adentrarse en los campos, por carreteras secundarias, a salvo de la polución y recolectarlas. Después, simplemente lavar, escurrir, rebozar, solo con harina o en una masa de tempura, freir, espolvorear con azúcar moreno y canela o, si gustan, con miel y… a comer.