Comer y castigar

Existen prácticas obligatorias que garantizan la supervivencia de los cuerpos. Comer es una de ellas. Dormir, otra. Con la inauguración de la saga Pesadilla en Elm Street en 1984, el director norteamericano Wes Craven introdujo en el imaginario colectivo al monstruo de afiladas cuchillas capaz de penetrar en esa parcela tan íntima—y a la vez tan imposible de controlar— que son nuestros sueños: Freddy Krueguer. Si bien en las dos primeras entregas la pesadilla es tan sólo uno de los paisajes posibles, con Dream Warriors (1987), esa muerte onírica que traspasa las fronteras de lo real deviene consecuencia de las ansiedades de las jóvenes víctimas, convirtiendo la franquicia en un muestrario de ansiedades contemporáneas.

En Dream Child (1989), una de estas pesadillas encuentra su cimiento creativo en el rito social que supone comer en compañía, aunando así dos de esas prácticas obligatorias y convirtiéndolas en sentencia de muerte más que en garantía de supervivencia. Su protagonista, Greta, es una adolescente aspirante a modelo con una complicada relación con su madre —típica proyección materno-filial—, al borde de los desordenes alimenticios a causa de la presión por ese (posible) brillante futuro encima de las pasarelas. Gracias a su contexto narrativo, la muerte del personaje puede ser leída como castigo a su resistencia a formar parte del rito gastronómico y cumplir, por lo tanto, con las claves protocolarias que se le suponen.

El descorche de una botella de vino presenta al espectador una tremebunda mesa llena de comida. Greta se muestra escéptica entre tanta cháchara impostada y gente bien incluso cuando el topic de la conversación es su propia carrera profesional. Cuando su madre la insta a entrar en el juego social de semejante meeting, Greta menciona a su amigo muerto, saltándose así el protocolo —pues hay cosas de las que es mejor no hablar en la mesa. Toses y carraspeos entre los comensales. Este primer acto de resistencia funciona como prólogo a la pesadilla, que —formalmente señalada— comienza cuando, al ofrecérsele una bandeja llena de comida, Greta se atreve a confesar que no tiene hambre, causando así el asombro de los presentes. Todas las miradas se clavan en ella. “¿No comes nada?”, le pregunta su madre, “Deberías probar algo”. La respuesta de Greta, que le echa en cara a su madre que es ella la que siempre le recuerda que debe vigilar su peso, no es tan sólo un segundo acto de resistencia. Desde la propia convención, Greta comienza a dinamitar el atrezzo que la rodea, dejando los mecanismos que mueven el rito al descubierto, obligando a su madre a contestar que, si hacen dieta, es para comer en ese tipo de “eventos sociales y no molestar a los invitados”. El anfitrión debe así velar por sus acompañantes convirtiendo la comida, más que en un rito, en un artefacto social del que siempre se espera conseguir algo y que, sólo a través de las apariencias, ese fingir será capaz de ofrecer frutos. A bocajarro, Greta se desmarca de la convención desvelando la charada: “¿Por qué no me como toda la bandeja, salgo a vomitar y vuelvo para los segundos?”.

Vestido cual chef, Freddy entra en escena. La silla de Greta se ha convertido en una trona infernal de la que no puede escapar. Cuando el villano destapa la bandeja que le acompaña, descubrimos que el manjar con el que se dispone a alimentar a Greta es una muñeca de porcelana, proyección del propio personaje. En realidad, en estos pocos segundos, hemos sido testigos de un proceso de infantilización: aquellos individuos que se resisten a los modales, al saber estar, son descritos como mal educados, evocando una etapa previa a la edad adulta cuyo aprendizaje, de algún modo, no ha sido inscrito en el cuerpo correctamente y, por lo tanto, debe ser reeducado. No hay alternativas posibles: el individuo debe volver a ese estadio infantil y aprender de nuevo las claves para comportarse en sociedad.  Frases como “Abre bien la boca” o “No hables con la boca llena”, refuerzan la idea de que la pesadilla de la que está siendo víctima Greta sólo es ese proceso de reaprendizaje que, además, ha devenido espectáculo para la sociedad bien educada, que ríe, brinda y se mofa de aquellos que son diferentes y, por lo tanto, inferiores. Sin embargo, también hay sitio para la compasión: Freddy acuna a Greta, la consuela incluso siendo él el artífice de semejante castigo. La paradoja —también— está servida. Este acto compasivo desemboca en la única oportunidad de Greta para pedir ayuda a la protagonista del film, encargada de dar caza al cazador, a través de una nevera cuya comida comienza a pudrirse. Los esfuerzos de la final girl  por ayudar a a su amiga son en vano, pues Freddy reaparecerá cerrando la nevera con violencia: si la comida está podrida, mejor que no se vea. El cadáver de Greta acaba, así, presidiendo la velada.

En este marco pesadillesco, Greta ha muerto por no saber comportarse en la mesa, por no querer participar del rito, por no ajustarse a las convenciones que la etiqueta propone. Lo que me gustaría expresar aquí es que, en ocasiones, vivimos demasiado pendientes de todo ese atrezzo protocolario y, si encontramos a alguien que decide saltárselo o cuestionarlo, como hace Greta, tendemos a juzgarlo y/o compadecerlo. Las convenciones no son malas per se, pero si uno se para a reflexionar sobre ellas puede acabar descubriendo, sorprendido, que si tales reglas del juego no se airean o consumen antes de la fecha de caducidad, bien pueden acabar pudriéndose, devenir indigestas.

Y entonces sí, bon appétit, b****!

Texto por Nacho Simal