A la mesa con Clara Peeters

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Bodegón con flores, copa de plata dorada, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre (1611).

Aunque a día de hoy, el bodegón podría parecernos una de las ramas de la pintura menos vanguardistas, lo cierto es que hubo un tiempo en que las obras de naturalezas muertas fueron todo un símbolo de modernidad. La corriente que, a principios del siglo XVII, puso en valor el realismo –o lo que es lo mismo, la apariencia real de las cosas, sin ningún tipo de exageración ni idealismo, que se refleja en un bodegón como en ningún otro tipo de obra–, surgió como una reacción al idealismo renacentista. Así, el siglo XVII vio nacer un interés por la comprensión científica del mundo, que se desarrolló en paralelo a los avances que se fueron produciendo en este campo y también, en lo que a arte se refiere, al gusto por la ilustración científica de animales o plantas y al naturalismo. Antes de los cuadros de bodegones, hubo también gran afición por aquellos que representaban escenas de mercados y cocinas, donde los alimentos cobraban, por primera vez, un gran protagonismo. También, en los años precedentes, en Europa se habían escrito decenas de libros de cocina y los banquetes eran la celebración social por excelencia para aquellos con posibles. Se podría decir que el interés por la comida y todo lo que la rodeaba flotaba en el ambiente.

En términos históricos (y en líneas muy generales), estas serían las coordenadas en las que se inscribe la figura de Clara Peeters, cuyas obras se pueden ver hasta el próximo 19 de febrero en la exposición que acoge el Museo del Prado, la primera muestra monográfica dedicada a una mujer artista en toda su historia, un hito dentro de la larga trayectoria del museo, que les ha costado casi 200 años hacer realidad. Peeters no sólo fue una de las pioneras en la pintura de bodegones, sino que además fue una de las pocas mujeres de su época que pudo dedicarse profesionalmente a la pintura. Entre los escasos datos biográficos que conocemos de ella, sabemos que se formó y ejerció como pintora en Amberes durante las dos primeras décadas del siglo XVII y sus cuadros son un buen reflejo del esplendor económico que se vivía en esta ciudad europea desde mediados del XVI. El comercio había convertido a la ciudad en la economía más moderna del continente y los ciudadanos más ricos hacían gala de los hábitos y objetos que aparecen en los cuadros de Clara Peeters: la caza, la cetrería, los banquetes o el coleccionismo de piezas exóticas como porcelanas chinas, cristalerías de estilo veneciano o conchas de mares lejanos, que eran apreciadas por la belleza de sus inusuales formas.

Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas (1611).

Mesa con mantel, salero, taza dorada, pastel, jarra, plato de porcelana con aceitunas y aves asadas (1611).

A pesar de su modernidad, también hay que decir que el bodegón siempre fue considerado como un género pictórico modesto, probablemente una de las razones principales por las que a una mujer como Clara Peeters se le permitió pintarlos. Las naturalezas muertas no requerían de una formación en anatomía, la cual exigía estar en contacto con modelos desnudos durante largas horas –además de con otros pintores hombres–, algo impensable para las mujeres de aquella época. Es quizá por eso, por esta suerte de especialización forzada, que Peeters alcanzó semejante grado de maestría en sus naturalezas muertas, lo que, sin embargo, no le impidió buscar resquicios para saltarse las normas establecidas y lograr representar también alguna figura humana, demostrando no sólo que era capaz de pintar la anatomía, sino que podía hacerlo, además, con un altísimo nivel de detalle y minuciosidad. Para ello se sirvió de pequeños autorretratos, a veces incluso repetidos varias veces en una misma pintura, que se esconden en buena parte de sus obras, en el reflejo de una jarra o de una copa, y que sólo se ven si se contemplan con atención; una forma muy sutil de representarse a sí misma y de autorreafirmarse como pintora en un mundo dominado prácticamente en su totalidad por hombres. Otras veces, incluía referencias a su propio nombre, como la galleta que, casi con seguridad, es un guiño a la inicial de su apellido en «Bodegón con dulces, romero, vino, joyas y vela ardiendo» o la inclusión de su firma en el mango de los cuchillos que aparecen en varios de sus cuadros.

Bodegón con dulces, romero, vino, joyas y vela ardiendo (1607).

Bodegón con dulces, romero, vino, joyas y vela ardiendo (1607).

Lo más valorado en un bodegón era la capacidad del artista para imitar la realidad y representarla de forma convincente, aunque muchas de las naturalezas muertas contenían también algún tipo de simbolismo. Ya fuera como indicativo del estatus de quienes se sentaban a la mesa –alimentos como el pan blanco, las frutas exóticas, los dulces, el vino, la caza o la sal estaban reservados a las clases altas y son precisamente éstos los que protagonizan la mayoría de las obras de Peeters; el pan de centeno, las salchichas o las judías eran propias de las clases más bajas–, o como sugerentes elementos con connotaciones sexuales –en varios cuadros aparece la alcachofa, a la que se consideraba como un potente afrodisíaco–, casi nada de lo que vemos pintado está ahí por casualidad. Pastas de almendra en forma de corazón como una referencia al amor, fresas y romero como alusión a la fertilidad, velas prendidas que recuerdan al espectador que la vida, como esa llama, se extinguirá pronto, al igual que sugieren las flores… Aún así, las interpretaciones de esta simbología son un tanto inciertas y no todo en los bodegones de Clara Peeters son alegorías; cabe recordar que, a principios del siglo XVII el creciente interés por el realismo era un reflejo del interés por la realidad, por lo que las referencias alegóricas en la pintura se redujeron considerablemente.

Sin embargo, la comida y la vajilla sí tenían otras lecturas interesantes, como dejar constancia del gran interés que la comida y las diferentes formas de cocinarla despertaban en Europa en aquellos años (la publicación de libros de cocina que mezclaban recetas con consejos médicos y cosméticos vivieron un auténtico auge en estas décadas), y constituir un pequeño registro del comercio de alimentos que se llevaba a cabo entre diferentes países del continente y del mundo –de lo que son buena muestra las porcelanas, cerámicas y cristalerías que tanto se repiten en su obra–. También, claro, gracias a algunos de sus bodegones podemos hacernos una idea de los alimentos que se consumían habitualmente en los Países Bajos, como el queso o la mantequilla, o de los utensilios más utilizados, como cuchillos y cucharas –los tenedores aún estaban reservados a las clases más elevadas–.

Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas (1611).

Bodegón con pescado, vela, alcachofas, cangrejos y gambas (1611).

Además de por la precisión y la elegancia de su trazo, por su detallismo, su capacidad para crear texturas y contrastes o por su fascinante habilidad para transformar los objetos más cotidianos en arte, otro de los aspectos por los que cabe fijarse en Clara Peeters es por ser considerada como la primera artista europea que pintó bodegones con pescado, algo en lo que se volvió una auténtica especialista. Las restricciones que la Iglesia imponía en la dieta obligaban, en numerosas ocasiones, a cambiar la carne por el pescado, lo que hizo de este último su sustituto más habitual, especialmente en países como Holanda y Flandes, que contaban con una gran extensión de costa. En sus cuadros, Peeters refleja algunos de los peces que más se consumían en el siglo XVII en los Países Bajos, como los arenques en salazón, las carpas, las anguilas o los lucios.

Bodegón con quesos, almendras y panecillos (h. 1612-1615).

Bodegón con quesos, almendras y panecillos (h. 1612-1615).

La exposición que se puede ver en el Museo del Prado exhibe 15 cuadros de la artista y, sin duda, deja con ganas de más. Pero vale la pena aprovechar las pequeñas dimensiones de la muestra para detenerse todo el tiempo que sea necesario en los delicados detalles de cada pintura. Lo que Clara Peeters pinta son valiosos testimonios de la cultura material de su época, de las prácticas sociales, de la simbología de los alimentos y también un reflejo de aquello que entonces era considerado exótico y cotidiano. En definitiva, de los múltiples significados que algo aparentemente tan simple como la comida podía tener para los contemporáneos de la artista.